Wednesday, April 13, 2011 | Por Juan Carlos Linares Balmaseda
LA HABANA, Cuba, abril (www.cubanet.org) – Miguel Ángel Jiménez está
convencido de haber ideado una maquinaria capaz de convertir la energía
cinética en energía eléctrica. Posee los atributos típicos del inventor:
soñador, perseverante y no le falta ese aire quijotesco que acompaña a
muchos individuos ingeniosos.
Un día se apareció en casa y contó la historia del proyecto. Para quitar
un poco de seriedad a su rostro, le dije: si triunfas serás muy famoso.
"No me interesa la fama –dijo-, sino beneficiar a la humanidad".
Antes de marcharse me preguntó:
-¿Lo podrás publicar?
En otra ocasión se apareció con el plano. Lo desplegó sobre el piso y
explicó. El invento consiste en cien metros de líneas férreas formando
un círculo, por donde rodarían indefinidamente 30 carritos, una especie
de mini tranvía que, accionado por mecanismos de bielas y manivelas,
acoplados por debajo de la línea, echarían a andar 1.358 generadores de
electricidad. De acuerdo con sus cálculos, la maquinaria consumiría un
MW por hora, y produciría 60 megavatios que serían enviados a la red
eléctrica nacional.
Concluyó su explicación igual que la otra vez:
-¿Lo podrás publicar?
Luego llamó varias veces por teléfono. Quiere mantenerme informado de
sus trajines. Me dijo en aquella ocasión.
"Cuando trabajaba en el Ministerio de la Industria Pesquera inventé un
pequeño equipo para destripar el pescado en alta mar. Lo echaron a andar
y nunca agradecieron mi aporte".
Miguel Ángel es tornero de profesión. Para el nuevo proyecto de
generación eléctrica gestiona un financiamiento desde hace dos años.
Acudió a la Oficina Cubana de la Propiedad Industrial en la Habana
Vieja. Allí descubrió que existe un grupo de especialistas examinadores
que ayudan a elaborar las ponencias y cobran por adelantado. Le
pidieron 4 mil pesos, sea o no viable la maquinaria. Después deberá
presentar el proyecto en la oficina de marcas y patentes, y pagar 460
pesos Pero ese camino resulta muy costoso para su maltrecho bolsillo.
En sus cincuenta años de vida nunca ha tenido un teléfono propio, y no
piensa siquiera en buscar información en Internet. El otro día me llamó
para decirme:
-Soy un inventor embotellado.
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