El castrismo cultural (II)
Este artículo es la segunda parte de una serie de cuatro sobre un
proceso que el autor considera ha intervenido en la formación de la
nación cubana
Manuel Cuesta Morúa, La Habana | 13/05/2011
El castrismo cultural prosigue con otros rasgos. El quinto de ellos es
este: la libertad aristocrática y su origen rural, al que ya hacíamos
referencia. Esta libertad aristocrática explica y une a Hernán Cortés
con el castrismo. Y lleva a la aventura, al gozo único y excéntrico, a
la ruptura de los límites, a la fundación de imperios que no se pueden
sostener, que en el fondo no sirven para nada y que, en el caso de Cuba,
no se conectan con la dimensión de los cubanos políticamente poco
expansivos. Cuando digo aristocracia rural no lo asocio con campesino.
La aristocracia rural tiene que ver con la hacienda en medio del espacio
vacío, la imaginación destructiva, la productividad de los otros y la
frontera difusa. El campesino es el hombre rural atrapado por su propia
productividad, la imaginación simpática, las fronteras y la comunidad.
Otra vida, otras costumbres. Y de la aventura aristocrática a la
dominación solo hay un paso: el de lanzarse para alcanzar el dominio.
Esto pertenecía a la España imperial, no a Cuba. Cuba se funda a partir
de la libertad republicana, que es la libertad cívica de los iguales. Y
la libertad aristocrática tiende a despreciar esa libertad de los
iguales porque necesita súbditos y guerreros leales. De ahí su
militarización natural.
¿Por qué entonces el castrismo es mirado como un nacionalismo? Porque
contra Estados Unidos todo gesto parece auténtico. Y el patriotismo tal
y como se ha vivido en los últimos 50 años parece auténtico, denso y
coherente por su dimensión puramente teatral. Un teatro patriótico con
víctimas reales pero que no expresa los peligros ciertos de pérdida de
la patria-nación. Por una razón de época: el imperialismo moderno
representado por Estados Unidos no necesita construir territorios
coloniales como sí requirieron los viejos imperios construidos en la
época medieval. Son estos los que dan sentido a los conceptos
patrióticos. Al imperialismo moderno le estorban los territorios ajenos.
¿Por qué se entrega Cuba en 1902?
La teatralidad patriótica, sentida con más entusiasmo por los lunetarios
que por los guionistas, enmascara y explica la incompatibilidad de un
nacionalismo vivido desde sus propios fundamentos con el acelerado
proceso actual de desnacionalización que se observa por doquier,
debilitando los sentidos de pertenencia, la base cultural de los
valores, y festejando, casi, la pérdida total de Cuba como unidad
económica. Un sentido de grandeza nacional, no de gloria personal, está
detrás de cualquier nacionalismo. Curioso e irónico. La autenticidad de
Cuba, en términos de valores y fundamentos, aparece en el acelerado
rescate del patrimonio múltiple de su cultura estética: es decir, la que
no es creada por el castrismo cultural. Una auténtica obra de
recuperación que se detiene en las fachadas arquitectónicas, la música y
alguna literatura.
Sexto rasgo. La estética del poder asociada a la libertad aristocrática.
En una república, el poder se viste con las mismas prendas. La
distinción existe, pero pasa por una combinación entre el estilo propio,
el garbo personal y el tejido. La distinción nunca depende del tipo de
vestimenta. Lo raro impresiona y atrae. Exotiza la mirada y fascina,
incluso, a los contrarios, pero sigue siendo raro. En una república
moderna la corbata y el traje, la guayabera y el sombrero jipijapa, o a
lo sumo la soltura del traje sin corbata, la camisa con mangas al codo o
las camisas Mandela son los índices de la libertad de los iguales y de
la democratización del poder a través de la estética. En este rango,
todos los juegos del vestir son posibles. Pero no el único traje, sea el
militar o la sotana. Esta distinción calculada solo se puede hacer desde
la proyección de dominio sobre los otros que no pueden acceder a mi
estética. Para no hablar de que en materia de estética del poder esto
fue bastante efectivo en tanto se aleja de la cultura cubana.
Y la estética aristocrática del poder se vincula estrechamente con otros
rasgos del castrismo cultural. El séptimo de los cuales asocio con la
cultura oral. La palabra está estrechamente conectada con el poder. La
retórica es una realidad sin la cual no se explica el ascenso y la caída
de gobiernos y líderes. Pero lo oral, como poder, es distinto a la
retórica. Lo oral significa la repetición sempiterna y cíclica de
motivos, oraciones, términos y tópicos para explicar y justificar el
propio lugar en el orden de la sociedad y del mundo. Por eso la
tradición oral, que se parece a la retórica, es parte del mito —¿y no es
la Revolución Cubana un mito?— sin conexión necesaria con la realidad.
Por inscribirse en la tradición oral de las historias míticas, el
castrismo cultural no puede culminar en una doctrina. ¿Por qué no hay un
texto fundamental escrito desde el castrismo cultural con toda su
pretensión fundadora? La Historia me absolverá no es más que una potente
denuncia circunstancial sin fundamento propio ni apertura doctrinal.
Medio siglo después falta el opúsculo que atesore el legado intelectual
del castrismo y en el cual puedan beber los seguidores milenarios. Pero
claro. La palabra como tradición oral hace imposible el texto doctrinal.
Este, que limita la acción, codifica el pensamiento y permite el
contraste de los discursos, solo nace de la palabra razonada que es la
propia de la buena retórica: la exposición elegante de una lógica cadena
argumental. El ejercicio de la palabra razonada puede culminar casi
siempre en una buena doctrina escrita para quien hace de la retórica el
sustento de su poder. El castrismo cultural sigue siendo aristocrático
hasta cuando usa la palabra. Y no exactamente por los modales.
De aquí un octavo rasgo: el control por encantamiento para destruir al
ciudadano. ¿En qué termina este? En el súbdito. La cultura política en
Cuba persuade y convence, y en sus extremos más detestables se hace
politiquera, es decir, promete demagógicamente para manipular e
incumplir. Pero al encantar por la palabra destruye esa dimensión cívica
de la república donde el ciudadano confronta, es persuadido o
convencido, para atarlo entonces, súbditamente, a las determinaciones
del poder. Y encantado, el súbdito actualiza el Viva Fernando VII en el
Viva Fidel.
Cuba regresa así al siglo XIX para destruir las estructuras de la
política moderna y reproducir el esquema medieval de soberano y vasallo.
Es interesante ver cómo el regreso al modelo antropológico medieval de
la política determina la sociología política de la segunda mitad del
siglo XX hasta la actualidad. La relación directa entre el hombre
divinizado y el "pueblo"; la transferencia de la culpa hacia la
burocracia intermedia por las consecuencias indeseadas en la gestión
pública —lo que disuelve la responsabilidad del poder y fortalece
indirecta e involuntariamente la fusión entre soberanía y propiedad
sobre la nación de una persona—; la conversión del derecho en concesión
y de la exigencia en queja son todas ellas consecuencias estructurales
de la disolución de la política moderna por efecto del castrismo
cultural. Hiela escuchar diariamente la frase simbolizada en la
mentalidad del súbdito cubano en desesperación: "esto Fidel no lo sabe".
Nada distinto al "Rey no lo sabe" del siglo XIX.
Esta legitimación desde-abajo-de-la-nación-como-propiedad-del-de-arriba
tendrá una consecuencia para Cuba peor que para la España del imperio.
Los súbditos de la España imperial podían exclamar: Viva el Rey, Muera
Fernando VII en época de mucho malestar, sin que la exclamación
implicara para ellos, simbólica y mentalmente, la disolución del reino.
Ello porque Fernando VII no encarnaba su eternidad, solo constituía su
venerable representación temporal. En Cuba, donde nación y persona se
confunden encarnizadamente sería imposible clamar por la vida y la
muerte de Fidel Castro al mismo tiempo: la nación, entendida como
control "dinástico" de la soberanía, corre el peligro de seguir o
terminar con él. Por lo que se hace necesario remontar la nación a sus
propios orígenes, cosa perfectamente posible, para establecer un
continuo en nuestro proyecto de nación. De paso, nos libraríamos de otra
consecuencia del castrismo cultural: la de asociar el éxito o fracaso de
un proyecto a la vida o muerte, real o simbólica, de alguna persona o
entidad social.
Y ese súbdito en el que se convirtió al cubano no forma parte de la
masa. Los fenómenos de masa en Cuba responden a los espacios de la
cultura, no a la política: la mayoría escuchando la misma música,
utilizando las mismas modas y reproduciendo el mismo lenguaje
estandarizado. La asociación entre política y masa en Cuba habría
existido si el Partido Comunista hubiera logrado estandarizar su control
simbólico e ideológico sobre el resto de los cubanos —una ambición
histórica bloqueada precisamente por el caudillo, justo cuando más cerca
y en mejor posición estaba el Partido Comunista para concretarla.
De este modo la masa, que según el filósofo español Fernando Savater
debería ser asunto de la física o de la panadería, respondería a
criterios impersonales como corresponde a la naturaleza de las masas en
cualquiera de sus sentidos, incluyendo el cultural y el político. Pero
esto es un fenómeno propio de la modernidad política de la que Cuba fue
desconectada. Al regresar al siglo XIX retornamos, si se quiere, a una
categoría más auténtica: la de pueblo, pero en su acepción
aristocráticamente peyorativa: la de plebe. Una plebe que se muestra
típicamente a través de tres de sus elementos más naturales: la
identificación encarnada con la figura emblemática del poder (distinto
de la identidad con el carisma), la legitimación pública del lenguaje
vulgar y la legitimación natural de que los de arriba deben comer mejor
y distinto. Las masas políticas de la modernidad no se ajustan a ninguna
de estas tres características.
http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/el-castrismo-cultural-ii-262765
No hay comentarios:
Publicar un comentario