La Habana, vida de perros (Segunda parte)
Las atroces peleas de perros, siniestro drama que no cuenta la película
Conducta
martes, marzo 18, 2014 | José Hugo Fernández
LA HABANA, Cuba – Entre las calamidades de nuestra realidad que la
película Conducta ha puesto oportunamente sobre el tapete, destaca el de
las peleas de perros en La Habana, un asunto que la prensa independiente
viene abordando desde hace tiempo, pero sin que pierda actualidad,
debido a la indolencia con que asumen las denuncias tanto los implicados
directos como los responsables de ponerle coto.
Es de agradecer que Ernesto Daranas haya tratado este tema en su nueva
película, diluyéndolo con eficacia en una de las principales sub-tramas.
Claro que aquello que nos muestra Conducta es un pálido esbozo del
siniestro drama que representan las peleas de perros, con todo lo que le
cuelga. Tampoco tendría que hacerlo de otro modo, en tanto obra de
ficción. Para ello existen la prensa y otros medios, obligados a
insistir en los detalles más reveladores del asunto.
Por ejemplo, quienes no viven en La Habana, tal vez desconozcan que las
formas de crianza de los perros y aun las propias peleas recreadas en la
película, no se basan en las aristas más crueles y despreciables de esta
tragedia.
En nuestra capital existen dos especies de perros peleadores. También
hay dos categorías de perreros y dos tipos de enfrentamientos. La clase
de los perreros menores (que es la que aparece reflejada en Conducta)
está constituida por jóvenes o adolescentes que poseen animales no
"auténticos", o sea, que se han cruzado genéticamente con razas
"inferiores" y que por tal motivo resultan menos feroces y valientes. Es
la categoría B, por llamarle de algún modo.
Los encuentros de estos perreros menores son concertados de manera
espontánea, y se desarrollan por lo común en casas y patios particulares
de cualquier barrio, aun en los más céntricos, con apuestas más bien
modestas y con espectadores que pagan por su acceso pero que no están
obligados a jugar.
El juez imparte las reglas
Bien diferente es el mundillo de las peleas entre los Stanfford clase A,
celebradas en los barrios y pueblos periféricos de La Habana, con
apuestas astronómicas y con un soporte de empresa mafiosa, que funciona
al margen de la ley pero a la luz del día.
La ubicación de cada escenario no es conocida por los asistentes sino
minutos antes del horrendo espectáculo, cuando se dan cita los perreros
acompañados por sus respectivos acólitos. La zona ha sido inspeccionada
y cada elemento ocupa su puesto. El juez imparte las reglas. Las bestias
permanecen separadas y vueltas de ancas entre sí, pues una vez que se
vean frente a frente, ya es imposible detenerlas. Se lanzarán a
entrechocar violentamente las cabezas, iniciando un combate que concluye
con el total destrozo de una de las dos, o de ambas.
Esta subespecie que conforman los perros habaneros de pelea es un
engendro derivado del Staffordshire bull terrier, mediante cruces que se
manipulan malévolamente en busca no sólo de los más altos índices de
agresividad y fuerza, sino también de un coraje ciego, que antepone la
muerte a la derrota o al miedo.
En ocasiones, realmente escasas, el enfrentamiento tendrá que ser
interrumpido ante la voz de "agua", lanzada a distancia por alguno de
los vigías. Significa que se acerca una patrulla policial y que, como
siempre, deberá llegar tarde, cuando en el hemiciclo no haya más que
rastrojos tintos en sangre.
Puede darse el caso de que los bandos rivales no consigan separar a las
bestias a la hora de la desbandada, entonces optan por su aniquilación,
para no dejar pruebas contra sus dueños. Pero son ocasiones
excepcionales. Lo corriente es que en esta isla de pacifistas presos los
perreros consuman a plenitud su vicio ruin, macabro, en tanto se forran
de billetes, sin ser molestados.
Y no es porque resulte difícil identificarlos. Su facha los hermana. Al
punto que parecen miembros de una legión de mellizos: gruesas cadenas de
oro y en general joyas de exagerado brillo, prominentes estómagos,
opulencia agresiva en el vestir, el gesto y la jerga; manos que son
prolongaciones de la billetera, listas siempre para poner precio a los
más leves favores o las complicidades más abyectas. Es una imagen
pública que pretende imitar, en versión caricatura, la de los mafiosos
de otras latitudes o de otros tiempos. Claro que dinero tienen, aun
cuando estén lejos de alcanzar las cuentas bancarias de sus ídolos.
Miles de dólares por pelea
Cada uno de los enfrentamientos que organizan estos desalmados puede
reportarles no menos de doscientos mil pesos (alrededor de 10 mil
dólares). Sus bestias también se cotizan en cifras de tres y cuatro
ceros aun recién nacidas, sin contar los gastos que demandan por
concepto de cuidados especiales. En una semana, un perro de pelea clase
A consume mayor cantidad de proteínas que cualquier cubano de a pie
durante el año.
Todos disponen de las atenciones de un veterinario a tiempo completo y
de uno o más empleados que atienden desde su aseo hasta su protección.
Todos son entrenados por expertos. La infraestructura mafiosa comprende
otros servicios –-muy bien pagados– como los de jueces para los
combates, centinelas, choferes, guardaespaldas para los animales y sus
dueños, abogados, testigos y depositarios para las apuestas, ya que a
las lidias de los Stafford habaneros clase A no se puede asistir con
dinero en efectivo. Las jugadas se cierran tres días antes, frente a una
representación legal que les da cobertura de préstamos, y luego quedan
depositadas en lugar seguro, testigos de por medio, bajo la custodia de
alguien que se responsabiliza con su entrega al ganador.
Cada potentado perrero escoge a sus propios partidarios y va al combate
acompañado por ellos. No existe la figura del espectador de paso, en
tanto no hay entrada para quienes no hayan apostado de antemano una
importante suma. A diferencia de las peleas de gallos que oficialmente
se organizan aquí para turistas, con todo y que no son menos
sanguinarias que las de perros, a éstas no tienen acceso los visitantes
del exterior. Es otra de las muchas medidas de precaución tomadas por
los perreros clase A. Sin embargo, ello no significa que se resignan a
perder completamente ese jugoso segmento de mercado.
Desde hace ya algún tiempo, están proyectando su mercancía allende los
mares, a través de películas de videos que filman en vivo durante los
combates y cuyo precio, naturalmente, está en correspondencia con la
exclusividad de la oferta.
Uno de tales filmes cuenta la historia de Popeye, perro feroz y
temerario con fama de invencible, que fue campeón en casi toda la
periferia habanera. Sin embargo, un buen día, en medio del combate, se
escuchó la señal de alarma del vigía. A duras penas consiguieron
desprender al campeón de su oponente. Pero una vez eludido el peligro y
listos ya para reiniciar las hostilidades en un nuevo hemiciclo, Popeye
decidió darle un chance a la paz. Entonces se echó delante el hocico de
su rival, manso, indiferente, y se puso a contemplar la salida del sol.
Por supuesto que el The End de este filme no es con beso, ni siquiera
con una tierna despedida entre el niño Chala y la maestra Carmela, como
en Conducta. Es con un machetazo que separa la cabeza y el cuerpo de
Popeye para siempre amén.
Source: La Habana, vida de perros (Segunda parte) | Cubanet -
http://www.cubanet.org/destacados/la-habana-vida-de-perros-ii/
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