lunes, 9 de mayo de 2011

Llámalo 'burle'

Llámalo 'burle'
Iván García
La Habana 09-05-2011 - 7:43 pm.

El juego y las apuestas regresan a las calles. Las cárceles están
repletas y la policía se desentiende. En los 'burles' reinan la longana,
el silot, el trío…

Poco después de tomar el poder, Fidel Castro prohibió el juego en la
Isla. Durante medio siglo las apuestas y loterías pasaron a habitar el
mundo de lo clandestino. Hasta que ahora vuelven a aparecer con la misma
fuerza de antes. En esta serie, DIARIO DE CUBA presenta lo que ya es un
hecho: la vuelta del juego a las calles de la Isla.

Roberto, de 53 años, cree posible que Raúl Castro legalice el juego de
apuestas. "De momento no aparece entre los 178 oficios contemplados en
el trabajo por cuenta propia, pero eso puede cambiar. La pasión por los
juegos de apuestas aumenta. Es algo que el Estado debiera tener en
cuenta", señala este hombre que a menudo se gasta 100 dólares bebiendo
cerveza y comprando pacotilla.

El casino ilegal de Roberto, conocido popularmente como 'burle', está
ubicado en una casona de un barrio de la otrora clase media habanera.
Antes del mediodía, pequeños grupos de jugadores van llegando a su casa
y hacen tiempo mientras charlan de la jornada anterior.

Es lo típico de un 'burle'. Cotilleo sobre la cantidad de dinero que
puede llevar algún jugador en específico y comentarios sobre apuestas
altísimas con un final espectacular.

Roberto saluda a los 'burliches', quienes pasan al interior del
vivienda. Sobre las 12:30 pm rompe el casino. En una de las dos mesas
habilitadas, se comienza a jugar 'longana', la variante del dominó que
se practica con seis fichas.

Un ayudante carga un tablero cuadrado y pesado de cedro y en el patio
trasero de la casa habilita una mesa en la que una docena de tipos con
pinta de pillos y marginales, empiezan a tirar dados apostando fuertes
sumas de dinero.

Es el juego que se conoce como 'silot'. Según Oscar, un viejo con gafas
antiguas, los miles de orientales que han emigrado hacia La Habana,
huyendo de la escasez y la falta de futuro en sus provincias, son los
que han traído el 'silot' a la capital.

Roberto hace rondas por ambas mesas de juegos y cada media hora recoge
el dinero recaudado por sus 'dealers'. "El 'silot' es el juego que más
beneficio deja en un casino prohibido. Si la partida dura doce horas,
bien me puedo embolsar tres o cuatro mil pesos (125 a 170 dólares), a
veces más", explica mientras observa detenidamente cada detalle de lo
que sucede.

Tres horas después de abierto el 'burle', siguen llegando jugadores.
Roberto decide abrir otra mesa. Ahora son naipes. Tras colocar un
inmenso paño de gamuza verde, seis jugadores inician una partida de 'trío'.

El 'trío' es una variante criolla del póquer norteamericano, y se juega
con tres cartas viradas bocarriba en la mesa e igual número en la mano.
Hay tres descartes y antes de que se pidan nuevas barajas, se hacen las
apuestas.

El viejo con gafas antiguas, una especie de historiador, comenta que
este juego fue creado en las prisiones de la Isla. La esposa e hijas del
dueño del 'burle' aprovechan la oportunidad y, a precios exagerados,
ofertan sandwiches, jugos, refrescos y batidos de frutas.

"No vendemos bebidas alcohólicas, pueden traer problemas cuando hay
tanta gente apostando dinero", aclara Roberto. Dentro de la oferta
gastronómica hay bocaditos de jamón, queso y chorizo a 25 pesos (un
dólar). Arroz frito con un cuarto de pollo a 60 pesos (dos dólares y
medio). Refresco sin gas a cinco pesos y batidos de frutas que se sirven
en vasos alargados, a diez pesos.

A estos casinos clandestinos acuden personas de todas las categorías
sociales. Desde tipos con aspecto digno de Lombroso, marginales de
arrabal y rateros de poca monta, hasta gerentes de cafés en moneda dura
y ladrones de cuello blanco que ocupan cargos de nivel.

Y corre el dinero. Un día mediocre para Roberto es cuando gana 1000
pesos (40 dólares). Pero son los menos. Por lo general tiene beneficios
de 120 dólares en adelante.

Cuando Fidel Castro arribó a La Habana el 8 de enero de 1959, uno de sus
primeros decretos fue el de abolir el juego. Con hachas y bates de
béisbol, ciudadanos enardecidos destrozaron máquinas tragaperras y ruletas.

Como Castro, muchos cubanos no veían con buenos ojos los grandes casinos
en hoteles habaneros controlados por la mafia de Estados Unidos, con el
judío Meyer Lansky al frente. Tampoco la corrupción descarada de
Fulgencio Batista, quien por debajo de la mesa recibía gruesos fajos de
dólares a cambio de crear un ambiente propicio.

Es cierto. Pero la gente pobre de la Cuba profunda vestía guayaberas
blancas de hilo, zapatos Florsheim de dos tonos, y los fines de semana
apostaba en las vallas de gallos. También las amas de casa jugaban una
calderilla en la lotería nacional, con la ilusión de ganar un premio que
las sacara de la miseria.

Dos décadas atrás, a quien pescaran participando en juegos prohibidos
podían tocarle entra tres y siete años de cárcel. Pero de una forma más
o menos discreta, la gente siguió apostando dinero en 'burles' y
loterías clandestinas. Roberto fue uno de los que sufrió prisión. "Cada
vez que salía del 'tanque' volvía a lo único que sé hacer: el negocio de
las casas de juego".

Aunque las leyes que pueden llevar tras las rejas a cualquier jugador
siguen vigentes, la situación actual es muy distinta. "Hay muchos
problemas, las cárceles están repletas y la policía ya no presta la
misma atención al juego prohibido. Viran la cara para otro lado. Algunos
aceptan gabelas para dejar correr el negocio", dice Roberto.

En 2011, a quien atrapen en un juego de apuestas le decomisan el dinero
y le imponen una multa de 60 pesos (2 dólares). Esa tolerancia aparente
de las autoridades, hace pensar a dueños de casinos clandestinos que las
cosas pueden cambiar. "Quizás el gobierno legalice el juego", opina
Roberto. Mientras, espera tomando cerveza y viviendo a lo grande.

http://www.diariodecuba.com/cuba/4552-llamalo-burle

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