miércoles, 11 de mayo de 2011

Las caras de Jano

VI Congreso, Fidel Castro, Raúl Castro

Las caras de Jano

Mientras el Jano barbudo prometía elecciones libres, el Jano lampiño
preparaba en secreto la sociedad más estalinista que nadie hubiera
podido imaginar en América Latina

Manuel Pereira, México DF | 11/05/2011

Un dios romano entró en La Habana a principios de enero de 1959. Jano,
dios de las puertas, tiene dos caras mirando en direcciones opuestas.
Guardián de las entradas, es también el Señor de los Comienzos. De ahí
que diera su nombre al primer mes del año: ianuarius en latín, de donde
deriva no solo "enero" en español, sino también january en inglés,
januar en alemán, janvier en francés, gennaio en italiano, janeiro en
portugués…

A Jano lo representaban con una llave y un gallo, así que fue visto como
la prefiguración pagana de San Pedro. El gallo anuncia el nuevo día.
Desde la noche de los tiempos ha sido símbolo de vigilancia y de
resurrección. "Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces", le
dijo Jesús a Pedro, y Sócrates moribundo pidió que le ofrendaran un
gallo a Esculapio.

Pero Jano no entró en La Habana bajo el disfraz del apóstol Pedro, sino
camuflado de Elegguá. Ese dios nigeriano también es el dueño de las
llaves del destino, vigila las puertas que conducen al mundo espiritual
y una de sus ofrendas favoritas son los gallos (negros y rojos). Ozún,
otro orisha que siempre lo acompaña, vive en una copa metálica coronada
por un gallo. En uno de sus 21 avatares —o "caminos"— Elegguá aparece
con dos caras.

Jano fue un préstamo que la cultura del Níger le hizo a Etruria, a menos
que ese dios portero sea uno de los arquetipos junguianos que revelan
ese inconsciente colectivo, universal y ancestral, tan frecuente en
diversas regiones del mundo.

Los rebeldes que entraron en La Habana hace más de medio siglo
enarbolaban la bandera del 26 de Julio cuyos colores (rojo y negro)
pertenecen al orisha Elegguá. La Isla se pobló de aquellas banderas
hasta entonces poco o nada conocidas. Flameaban en balcones y azoteas,
ondeaban en guaguas y automóviles, se multiplicaban en forma de
brazaletes, estolas, calcomanías, distintivos… algunas mujeres pusieron
de moda las sayas negras con blusas rojas.

Los babalaos captaron enseguida el mensaje: la bandera del dios yoruba
había alcanzado categoría de emblema estatal. Stendhal hubiera estado de
plácemes, pues el título de su novela Rojo y Negro alude a los uniformes
del ejército y a las sotanas de los clérigos. Obviamente, el rojo
equivale a la sangre y el negro simboliza luto. Julien Sorel será las
dos cosas: soldado y aprendiz de cura.

Como corresponde a Jano, aquel primero de enero comenzaba en Cuba una
era llena de promesas. Sin embargo, debido a la duplicidad de ese dios
(tanto si es Jano como Elegguá), lo que realmente se estrenaba en la
Isla era una atmósfera social impregnada de hipocresía muy similar a la
descrita por Stendhal.

En Cuba había comenzado la construcción de una sociedad de soldados y
sacerdotes: militarización a marchas forzadas de la población y
multiplicación de los ideólogos —o comisarios políticos— impartiendo
catequesis y tramando inquisiciones.

Julien Sorel admiraba nostálgicamente a Napoleón, igual que Fidel
Castro, quien incluso llegó a creerse su reencarnación tropical. No es
casual que el cerdo más despótico en la granja de Orwell se llame
Napoleón, y hace poco Raúl Castro —la otra cara lampiña de Jano— donaba
al Museo Napoleónico de La Habana un reloj de oro que perteneció al
emperador francés.

Las semejanzas entre Julien Sorel y Fidel Castro darían para todo un
estudio clínico a la altura del que Gregorio Marañón dedicó a Tiberio,
pero dejo esa abrumadora tarea a los expertos en abismos psicológicos.

Tanto Freud como Jung exploraron el tema del doble a través de la
sombra. En literatura, quien más se acercó a ese lado sombrío no fue
Stendhal, sino Stevenson con El Extraño Caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde.
Rimbaud también nos brindó otro ejemplo de dualidad cuando escribió "yo
es otro", lo cual demostró renunciando a la poesía y desapareciendo de
París para dedicarse a traficar con marfil, armas, almizcle y oro en
Abisinia.

Estas dualidades nos devuelven a la bandera roja y negra, cuya
ascendencia remite al estandarte nazi que también presenta esos colores.
No es casual que esa combinación cromática se repita en la bandera de la
falange española. Más tarde volveremos a verla —ya por influencia
cubana— en las banderas del Ejército de Liberación Nacional de Colombia,
en la del Frente Sandinista de Liberación, en la del Movimiento de
Izquierda revolucionaria de Chile, en la del Frente Zapatista de
Liberación Nacional, en la bandera de Angola…

Pero la euforia bicolor duró poco en nuestra Isla. Hacia 1962 ya casi no
se veían banderas rojinegras. ¿Qué había pasado? ¿Por qué de pronto
aquella bandera del 26 de julio perdía protagonismo quedando poco menos
que arrumbada en el baúl de los recuerdos?

Jano había empezado a revelar su segunda cara: la del comunismo más
ortodoxo. Hacia 1965 ya se había impuesto la bandera enteramente roja
del Partido Comunista, copiada de Moscú.

Mientras el Jano barbudo prometía elecciones libres, exclamaba que no
hacían falta más armas y juraba que no era comunista, el Jano lampiño
preparaba en secreto (en la famosa casa de Tarará) la sociedad más
estalinista que nadie hubiera podido imaginar en América Latina.
Mientras uno se proclamaba demócrata y humanista, rodeándose de palomas
blancas, el otro preparaba en la sombra la Dictadura del Proletariado
más férrea del hemisferio occidental.

Dios gémino, Jano es ambiguo e hipócrita por excelencia, es
contradictorio, creador de múltiples espejismos e infinitas confusiones.
Los pueblos son como niños: imitan a sus mayores, es decir, a sus
gobernantes. De modo que la doble moral que se ha instalado en Cuba
durante décadas es la obra maestra de Jano.

Elegguá también comparte esos atributos. Es el niño travieso, burlón,
imprevisible y embustero que se mete en todo. En la religión yoruba su
fiesta es el 6 de enero, igual que el Santo Niño de Atocha, con quien se
sincretiza en la tradición católica. Por tratarse de dos niños, es
lógico que sus festividades coincidan con el día de los Reyes Magos. Sin
embargo, lo curioso es que siempre se trata de enero, el mes de Jano.
Batista se fue de Cuba un primero de enero, que es el día de la
Independencia de Haití. Pudiera tratarse de una casualidad, pero resulta
que de Haití proviene la bandera rojinegra del 26 de julio, y hacia
Haití se despeña el destino económico de Cuba ahora mismo.

Las piezas del rompecabezas empiezan a encajar cuando sabemos que Fidel
pasó parte de su niñez —entre los 4 y los 8 años— en casa del cónsul
haitiano en Santiago de Cuba. El padre del futuro comandante empleaba
braceros haitianos en su finca de Birán, de ahí su amistad con el
diplomático del país vecino.

¿Qué no habrá visto aquel niño en aquella casa? Allí tuvo que ver por
primera vez esos colores —el rojo y el negro— emblemáticos de aquel dios
tan poderoso traído de Nigeria por los esclavos. Allí tuvo que conocer a
Papa Legba, que es como llaman a Elegguá en Haití y en Nueva Orleáns.

¿Qué ocurrió en la casa de Hippólite Hibbert y su esposa Emercianne? ¿Lo
Real Maravilloso o lo Real Horroroso? Nunca lo sabremos. Lo que sí
sabemos es que las dos personas más cercanas a Fidel —su secretaria
Celia Sánchez y su médico de cabecera el Comandante Vallejo— practicaban
la santería y el espiritismo.

Evitemos malentendidos. No estoy diciendo que sea reprobable creer en la
santería, sino que es siniestro usarla para perpetuarse en el trono,
deificarse, imponer dinastías bananeras, abusar del poder y engañar a
todo un pueblo, más o menos al estilo de los Duvalier y sus Tonton
Macoute o sus Leopardos. Tampoco estoy diciendo que todo lo que ocurre
en Haití es intrínsecamente pernicioso. Es innegable la riqueza
cultural, literaria, musical y plástica de ese país. Pero lo que Cuba no
debe copiar de Haití es su miseria endémica.

Después de su experiencia haitiana, Fidel estudió en colegios católicos,
pero eso sirvió de poco, pues ya había heredado en la edad más propicia
las ambivalencias del binomio Jano-Elegguá. Ya podía bajar de la Sierra
con un rosario al cuello, incluso recibir afectuosamente al Papa… todo
lo cual no son más que puestas en escena minuciosamente montadas. Actúa
como Elegguá, que es el más veleidoso de los orishas, situándose al
mismo tiempo en varios lugares de una encrucijada, cambiando de rostro y
temperamento en sus 21 avatares.

Las hemerotecas acumulan todos los zigzagueos, las astucias y bandazos
del Comandante. Fidel se duplica con fruición. Incluso en videojuegos
como Call of Duty Black Ops aparece un doble suyo que engaña a los
jugadores. En la vida real, su clon casi perfecto es Mongo, su hermano
mayor. Lo conocí a principios de los setenta mientras hacía un reportaje
en el Valle de Picadura: vaquería de lujo o vitrina para deslumbrar a
visitantes extranjeros que él dirigía vestido más o menos de miliciano
aunque sin ostentar grados militares. Al pasar en jeep por un pueblo
cercano, la gente lo saludaba desde las aceras gritando: "¡Fidel,
Fidel!". Sin dejar de manejar, respondía risueño sacando la mano por la
ventanilla. Le pregunté si no le molestaba que lo confundieran con su
famoso hermano y contestó: "a mí no me molesta, a lo mejor le molesta a
él, porque yo soy el mayor, así que es él quien se parece a mí, no yo a él".

Años después conocí a otro clon de Fidel. Fue en la casa de protocolo
donde Wifredo Lam se recuperaba de la enfermedad que finalmente lo mató.
Yo estaba sentado frente a la cama del pintor convaleciente. De pronto
llegó Alina Fernández, la hija de Fidel. Traía una niña en brazos y la
depositó sobre mis piernas. Miré a la cara de la hija de Alina Fernández
y cuál no sería mi sorpresa al ver que era el vívido retrato de Fidel
con falda.

Jano con sus dos caras ha permitido que Fidel y Raúl desplieguen la
dinámica policía bueno/policía malo, intercambiando a veces los papeles.
Lo asombroso es que esa estratagema siga dando resultados al cabo de
tanto tiempo, pues mucha gente aún piensa que son muy distintos, cuando,
en lo esencial, son idénticos. Recientemente en el Congreso se les vio
juntos, quizá por última vez. Tan diferentes, y sin embargo, una y la
misma cosa. Los que creen que con Raúl va a cambiar algo sustancial,
todavía no se han percatado de que es Jano sin barba.

http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/las-caras-de-jano-262670

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