jueves, 5 de enero de 2017

Los cubanos y las topografías médicas

Los cubanos y las topografías médicas
Una polémica científica entre facultativos cubanos que no estuvo ajena a
las ideas políticas de la época
Félix J. Fojo, Miami | 04/01/2017 12:18 pm

Cuando una persona con catarro tose o estornuda repetidamente cerca de
nosotros, sabemos, incluso instintivamente, que nos estamos exponiendo
al contagio con un virus de la gripe o puede que algo peor.
Pero ese conocimiento, esa reacción casi refleja, y no hay que ser
médico ni estar relacionado con las ciencias de la salud para tenerla,
que hoy consideramos natural y civilizada, es de adquisición
relativamente reciente, tan reciente como el siglo XX, la época en que
se aceptó definitivamente que los gérmenes, organismos vivos
—entendiendo por vivos el que se replican mediante ADN o ARN— que no
podemos ver a simple vista, ocasionan enfermedades, epidemias y aún
pandemias devastadoras.
Durante veinticinco siglos largos —en realidad más, pero Hipócrates fue
el que ordenó racionalmente y dio forma a estas ideas— la medicina,
sobre todo la occidental, explicó muchas de las enfermedades humanas
basándose en la teoría ambientalista, una teoría lógica (aunque en buena
medida equivocada) que se basaba en la influencia de los agentes del
medio físico, o sea, el ambiente, sobre el equilibrio interno de los
humores. El libro del médico griego (nació en Tesalia) Hipócrates de Cos
(460–370 ANE), Tratado sobre los aires, las aguas y los lugares, se
convirtió en la biblia del llamado ambientalismo, una teoría con dos
corolarios fundamentales, sencillamente expuestos aquí por el profesor
barcelonés Gerard Jori (Revista Bibliográfica de Geografía y Ciencias
Sociales, Vol XVIII, 2013):
Las peculiaridades somáticas y psíquicas de los individuos dependen en
buena medida del medio geográfico en el que se desenvuelven.
Las condiciones topográficas, climáticas y atmosféricas deben ser
detalladamente analizadas con miras a conocer y prevenir las enfermedades.
Con altibajos e interrupciones, fundamentalmente de tipo
religioso/oscurantistas, la teoría ambientalista predominó en la
medicina occidental hasta la segunda parte del siglo XIX —en realidad la
ecología médica contemporánea, decididamente científica, ha remozado y
reencausado el viejo ambientalismo— ganando una nueva fuerza en el siglo
XVII con los trabajos del médico inglés Thomas Sydenham (1624–1689), que
creó la corriente neohipocrática (el nombre es posterior) añadiendo a
los factores ambientales los factores sociales e incluso los económicos.
Sin entrar en detalles médicos e históricos que harían muy larga nuestra
exposición, señalemos que el ambientalismo hizo eclosión en lo que se
dio en denominar "Topografías médicas", unas publicaciones científicas
—el que sus conclusiones fueran muchas veces erróneas no rebajan para
nada el rigor analítico con que se escribían— que eran descritas por el
Dictionnaire des sciences medicales (Paris, 1822) como: "…descripciones
exactas y precisas de las localidades de cada país y de las
particularidades que las distinguen, para ser aplicadas al estudio y al
conocimiento de las enfermedades humanas y su tratamiento".
Esas exhaustivas topografías médicas, que comenzaron a proliferar a
partir de la monografía (1672) De aer, locis et acquis terrae Angliae:
deque morbis Anglorum vernaculis del físico y médico británico Charles
Clermont, conocido como Clarmontius, se fueron haciendo cada vez más
frecuentes y cada vez más solicitadas por los médicos prácticos —por los
estudiosos, que no todos lo eran— y de hecho, escribir una de esas
topografías, sobre la ciudad, región o país del autor, se convirtió
también en un motivo de agasajo académico, lustre y reconocimiento
profesional.
Es lamentable, y esto no es más que un comentario al márgen de este
ensayo, que los jóvenes médicos actuales (y los jóvenes sociólogos e
historiadores, debemos añadir) desconozcan casi —muchas veces sin el
casi— completamente la existencia de estas interesantes y descriptivas
publicaciones, que si es verdad que ya no pueden enseñarnos mucho desde
el punto de vista práctico, si pueden tener una utilidad comparativa y
sobre todo histórica, específicamente sobre las variaciones climáticas y
meteorológicas, el acceso a las aguas, los fenómenos naturales, la
vegetación, los cultivos, las construcciones, los caminos, los puertos,
la manera de trabajar, de alimentarse, de descansar, los vicios,
prostitución, juego y alcoholismo incluidos, los delitos, los modos de
enfermarse y morir, o sea, para decirlo con unas pocas palabras, la
manera de vivir en esas épocas no tan lejanas como puede parecer a
primera vista.
Pero volvamos a lo nuestro.
La segunda mitad del siglo XVIII fue la época del despegue de las
topografías médicas y el siglo XIX, en sus primeros dos tercios, fue su
época de oro. Los franceses, los alemanes y los ingleses descollaron
particularmente en la publicación de topografías médicas, pero España,
tenida siempre por lenta en el desarrollo de las ciencias, ocupó también
un lugar destacado en estos estudios, al extremo de que la segunda
monografía, después de la de Clermont, que citamos más arriba, que
recoge la historia, se debe al aragonés Nicolás Francisco San Juan y
Domingo, y se titula De morbis endemiis Caesar-Augustae, de 1686.
Las colonias, y las necesidades militares —y de explotación económica
intensiva— de esas colonias, incrementó, exigió más bien, los estudios
médicos topográficos al otro lado del océano. Pero en las colonias
existían, desde tiempo atrás, las universidades, las academias médicas y
un creciente orgullo criollo que en ocasiones superaba en acuciosidad e
información a las metrópolis.
No es nuestro interés contar la historia, riquísima, por cierto, de las
topografías médicas a nivel mundial, pero no podemos dejar de señalar
dos obras científicas cumbres que pueden encuadrarse dentro de estos
estudios: el famoso e interesantísimo viaje mundial de Alejandro de
Humboldt (1769–1859), incluyendo sus tres meses cubanos —repartidos
entre 1801 y 1804— y la genial intuición del famosísimo "Mapa del
cólera" del médico y anestesiólogo británico John Snow (1813–1858), que
hoy es considerado unánimemente como fundador de la epidemiología moderna.
Pero como todas las actividades humanas evolucionan y cambian, en la
segunda mitad del siglo XIX dos acontecimientos, uno viejo y declinante,
y uno nuevo y ascendente afilaban sus armas para enfrentarse en el campo
de las ciencias médicas y dirimir la supremacía de uno de ellos y la
muerte por extinción del otro. Algo que nos recuerda, por lo menos al
autor de este ensayo le viene a la mente el hecho, la actual disputa
(más política que científica, vale) sobre la realidad o no del
calentamiento global y el cambio climático subsiguiente.
¿Cuáles eran esos dos acontecimientos contrapuestos?
- Por una parte la denominada "Teoría miasmática de la enfermedad" de
Sydenham y Lancisi (los romanos clásicos ya hablaban de miasmas y
generalmente se las atribuían a venganzas de los múltiples dioses de su
panteón), que explicaba las enfermedades y epidemias por las emanaciones
pútridas —miasmas— de la fermentación de las aguas, suelos, desperdicios
y hasta de los humores orgánicos humanos y animales, una fermentación
que podía incluso generar, además de casi todas las enfermedades
conocidas y por conocer, a seres vivos, como los ratones, ratas y
cucarachas.
- Por la otra parte, la denominada "Teoría microbiana de la enfermedad",
una teoría que nació, casi inadvertida, con los trabajos microscópicos
de Leeuwenhoek (1677 y siguientes), continuó con el rotundo éxito de la
"vacunación" de Jenner (1796), del lavado de manos de Semmelweis (1850)
y comenzó a subir a la cumbre con la demostración irrefutable del
absurdo de la generación espontánea, por Pasteur (1861), la formulación
de la teoría de los gérmenes, otra vez por Pasteur (1862) y la
antisepsia de Lister (1867), culminando en el descubrimiento del
Bacillus anthracis por Robert Koch (1876) y luego, en sucesión, la
Neisseria gonorrhoeae (Neisser–1879), el parásito de la malaria
(Laveran–1880), el Mycobacterium tuberculosis (Koch–1882) y la
vacunación contra la rabia, de nuevo por Pasteur, en 1885. Un camino que
continúa hoy en día y que no tiene visos de terminar.
Ni que decir que hoy la teoría miasmática nos parece lejana y absurda, y
que la teoría microbiana es parte de nuestros saberes probados, pero en
la segunda parte del siglo XIX la pelea entre ambas —entre sus
seguidores, para hablar con propiedad— era enconada, cargada de matices
y razones cientificistas y a veces lastrada por intereses (económicos,
gremiales, ideológicos) no del todo noblemente científicos.
Los partidarios de la teoría microbiana se autodenominaban
"Contagionistas", dado que las bacterias y parásitos contagian a las
personas, y los detractores de la misma, partidarios de la teoría
miasmática, se denominaban "Anticontagionistas", porque al negar la
existencia de bacterias y parásitos (algunos, como las lombrices y
gusanos, bien visibles, sí eran aceptados por todos) negaban de paso el
contagio.
¿Y los cubanos?
Pues los cubanos, los médicos y autoridades sanitarias de la isla de
Cuba, en ese entonces española, participaron con vigor y sapiencia en
esas ya añejas, y en general olvidadas, polémicas.
Hagamos un poco de historia:
Para comenzar, apuntemos que las topografías médicas florecieron en Cuba
en cantidad y calidad, y no desmerecían, que conste, las de la Península
o las del resto de Europa y Estados Unidos.
El primero fue Tomás Romay y Chacón con su Disertación sobre la fiebre
maligna llamada vulgarmente vómito negro, enfermedad epidémica de las
Indias Occidentales (1797), un estudio detallado que ya había venido
acotando Romay, desde 1790, en el Papel Periódico de La Habana, una
publicación pionera en muchas cosas, entre otras en la climatología y la
meteorología isleña. En 1822 el médico español José Fernandez de Madrid
ofreció una conferencia sobre la relación entre clima y enfermedad en la
Sociedad Económica de Amigos del País, conferencia que fue publicada dos
años después en forma de opúsculo bajo del título de "Sobre el influjo
de los climas cálidos y principalmente de La Habana en la estación de
calor". Después le siguieron el galeno santiaguero Tomás Betancourt con
su Una breve exposición topográfica de la ciudad de Cuba (sin fecha pero
alrededor de 1827 o 28) y los diferentes trabajos (Felipe Poey, Piña y
Peñuelas, Gamboa, Ranz de la Rubia, de la Luz Hernandez, etc.) que se
publicaron entre 1830 y 1850 sobre la Isla de Pinos y su valor como
lugar para enviar allí a los tuberculosos, una verdadera polémica en la
que no solo se enzarzaron los médicos sino una buena parte de la
población ilustrada, y que terminó en empate, aunque a la larga los
sanatorios antituberculosos tendrían que esperar a mejores tiempos para
construirse.
La lista de publicaciones cubanas de este tenor es larga, y aunque
predomina por un largo trecho el estudio de la ciudad de La Habana
—hasta Carlos J. Finlay escribió, en su etapa ambientalista Alcalinidad
atmosférica observada en La Habana, relacionando esa supuesta
alcalinidad con la Fiebre Amarilla— se hicieron estudios muy serios de
otros lugares como Santa María del Rosario y sus aguas medicinales
(García Zamora), Madruga, San José de las Lajas, San Diego de los Baños,
Candelaria, Sancti Spíritus, la Trocha de Mariel a Majana y un largo etc.
Pero la estrella de estas publicaciones, un verdadero clásico, es el
libro Topografía médica de la Isla de Cuba (La Habana, Imprenta el
Tiempo, 1855) del oficial de la sanidad militar del ejército español
(nacido en Cuba) doctor Ramón Piña y Peñuelas. Un libro, 363 páginas,
que fue reeditado varias veces hasta el año 1885. El médico moderno se
sorprende, al hojear sus páginas, de la puntillosa y exacta descripción
de lugares, acontecimientos y noxas, empleando además un lenguaje, que
aunque propio de la época, es de una claridad perfectamente entendible
hoy. Un clásico, es cierto, pero además, un pilar, probablemente el más
importante, del bando anticontagionista en la polémica que estaban
sosteniendo contra los contagionistas, una polémica en la que, como
tantas veces ocurre, las figuras de más relieve científico militaban,
inicialmente, en el bando que a la larga sería el perdedor.
Y una observación más, pero importantísima. Mientras España, en general,
demostrando, ahora sí, su lentitud en asumir los saberes modernos,
permanecía anticontagionista, los jóvenes médicos cubanos, que se
inspiraban en el moderno París de Pasteur y los avanzados hospitales
norteamericanos donde se practicaba la asepsia y la antisepsia, se
volvían cada vez más contagionistas, demostrando así, veladamente, el
deseo de adelantarse a la metrópoli y zafarse de ella.
Para un integrista ser anticontagionista era un orgullo, mientras que
para un criollo el contagionismo era una forma científica de expresar su
anticolonialismo. Y ese, justamente ese era, aunque no siempre se
reconociera así, el eje psicológico e ideológico real de la polémica.
Lo moderno contra lo antiguo, lo naciente contra lo caduco. Como fue
siempre, como sigue siendo ahora y como seguirá siendo.
Un ejemplo. Para 1880 la Academia de Ciencias Físicas y Naturales de La
Habana, hogar de viejos académicos formados casi todos en España, era
esencialmente (con varias excepciones) anticontagionista, pero la
revista Crónica Médico-Quirúrgica de La Habana, fundada en 1875 por el
médico cubano Juan Santos Fernandez, un decidido seguidor de Pasteur,
era abiertamente contagionista, y además, como era de esperarse, Santos
respetaba a Piña y Peñuelas como facultativo serio y honesto pero
consideraba su libro una pieza obsoleta, lo que obviamente era una
ofensa para los españolistas. Como detalle curioso señalemos que Santos
Fernandez, uno de los médicos más prestigiosos y actualizados de la
capital era, también, miembro titular de la Academia de Ciencias Físicas
y Naturales de La Habana. Como diría Nicolás Guillén: todo mezclado.
Estos partidismos y disputas dieron lugar a lo que se denominó
"asociacionismo", una verdadera epidemia de creación de asociaciones
médicas —algunas de ellas daban lugar o derivaban de nóveles
instituciones médicas diseminadas por la capital y sus alrededores— que
acogían a los médicos no bien vistos o aceptados a regañadientes por las
instituciones sanitarias de la autoridad colonial. Recomendamos al
lector interesado en repasar con profundidad estos temas el muy
interesante, extenso y documentado trabajo del investigador cubano
Francisco Javier Martínez-Antonio, becario de la Universidad de Bergen,
Noruega (Revista Electrónica de Geografía y Ciencias Sociales,
Universidad de Barcelona, Vol. XIII, 2012).
Veamos como señala estos acontecimientos, a veces soterrados, el
investigador asociado de la Universidad de California en Los Angeles,
Adrián López Denis (2014) cuando nos habla del cólera, limpieza y poder
en La Habana colonial: "En la fase más aguda de la emergencia epidémica,
los facultativos habaneros alcanzaron un protagonismo político único,
refrendado desde la autoridad suprema de la Junta Superior de Sanidad.
Pero al interior de esta comunidad intelectual, los fundamentos
espistémicos básicos estaban atravesando una compleja crisis de
reajuste. Muchos de los debates que conforman el panorama intelectual de
la medicina francesa del momento eran reproducidos ardientemente en La
Habana. Contagionistas y anticontagionistas estaban empeñados en un
conflicto cuyos extensos alcances teórico prácticos supera con creces
los límites tradicionales de la etiología".
Sería interesante, y aclaramos de entrada que dicha investigación está
fuera de nuestro alcance y objetivos, averiguar como se alineaban los
profesionales de la medicina cubanos en cuánto a sus creencias políticas
—separatistas, anexionistas, autonomistas, integristas— en relación con
sus creencias científicas: contagionistas y anticontagionistas.
No podemos asegurarlo, claro está, pero algo nos dice que los
integristas, los reaccionarios en política, deben haber sufrido más, y
por más tiempo, para aceptar los nuevos enfoques científicos que ya se
imponían, imparables, en todo el mundo civilizado. Vaya esto como una
simple opinión para nada académica.
Lo cierto es que al irse imponiendo, primero poco a poco y luego a un
ritmo mucho mayor el contagionismo, las topografías médicas fueron
desapareciendo por inútiles, quedando así, las ya escritas, como
interesantes piezas de valor bibliográfico e histórico. Marcaron una
bastante larga etapa en el desarrollo de la medicina y, en general,
cumplieron con mucha dignidad su función.
La evolución de los acontecimientos, incluyendo en ellos el fin de la
guerra separatista y el saneamiento de La Habana y otras ciudades de
Cuba por parte de los norteamericanos, más el éxito de Finlay, ya
contagionista desde hacía bastante tiempo, en demostrar la transmisión
vectorial de la Fiebre Amarilla, terminaron por eclipsar a los
anticontagionistas, los que como casi siempre ocurre, se pasaron con
armas y bagajes a los nuevos tiempos.
Para el inicio de la república (1902) el anticontagionismo era más un
resabio de ancianos que una verdadera teoría científica.
Se diluyó así, hasta desaparecer, una de nuestras añejas polémicas cubanas.

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